amorfo—sin título. Gabriel Sierra

28 octubre- 20 noviembre. 2004

   

Gabriel Sierra ha sido identificado como artista tanto como diseñador industrial, probablemente porque su trabajo mantiene una relación resbalosa y por lo tanto algo incómoda con ambas disciplinas, en su deseo de aprovechar al máximo metodologías a veces conflictivas, pero sin entregarse al tipo de exclusividad asociada con el objeto único del diseño o el trabajo artístico original. Podríamos decir que como diseñador, Sierra quiere producir objetos que cumplan una función práctica en la vida cotidiana de personas reales, mientras como artista busca deconstruir la misma idea del valor de uso.

Contrariamente a aquellos valores típicamente asociados con el diseño—estatus, prestigio, poder y riqueza—los objetos producidos por Sierra son producto de su contexto inmediato; se sustentan en y se adaptan a la precariedad económica, la recursividad y las estrategias de sobrevivencia. En su trabajo busca recuperar prácticas, estéticas y materiales derivados del estrato popular, vistos y considerados inapropiados para productos de consumo. Al mismo tiempo, el trabajo de Sierra podría ubicarse en contra de una tendencia hacia el auto-exotismo—del cual tanto arte colombiano reciente ha sido culpable—en su rechazo del fetichismo hacia el otro.


Sus objetos tienden a ser sencillos, limpios y hasta un poco austeros, revelando el interés del artista en la perfección formal; sin embargo, como Sierra mismo señala, su práctica no se trata de valorizar al objeto más que a la persona que eventualmente lo utilizará, sino que busca enfatizar aquellas calidades humanas—la felicidad, la creatividad individual y el afecto— consideradas secundarias o superfluas dentro de una cultura consumista. Un trabajo reciente se llama La vida dura, la vida no dura; el título se refiere a la índole áspera de la alienación contemporánea, además del deseo de identificar y explotar sutiles instancias de resistencia.


La exposición actual interactúa con los elementos arquitectónicos de la casa donde La Rebeca está ubicada y con aquella sensación de abandono, negligencia y deterioro que caracterizan tantos barrios históricos de Bogotá. Dibujos quemados de rostros fantasmales o figuras amorfas que surgen desde las paredes, el techo y piso están iluminados por bombillas desnudas dando al espacio un carácter lúgubre. Arriba en el ático, una figura esquemática y solitaria barre y barre con paciencia pero de forma obsesiva en un movimiento continuo y circular. Espejos marcados o ennegrecidos por humo salpican el espacio en su totalidad, haciendo referencia a símbolos populares de luto y agregando un elemento inquietante a la observación del público de sí mismo. La muerte y la descomposición son temas apropiados para una exposición que se inaugura dos días antes de Halloween tanto como el fuego con su doble capacidad de ser productivo y destructivo.

Agradecemos el apoyo de la Fundación Avina.