Gabriel
Sierra ha sido identificado como artista tanto como diseñador industrial,
probablemente porque su trabajo mantiene una relación resbalosa
y por lo tanto algo incómoda con ambas disciplinas, en su deseo
de aprovechar al máximo metodologías a veces conflictivas,
pero sin entregarse al tipo de exclusividad asociada con el objeto único
del diseño o el trabajo artístico original. Podríamos
decir que como diseñador, Sierra quiere producir objetos que cumplan
una función práctica en la vida cotidiana de personas reales,
mientras como artista busca deconstruir la misma idea del valor de uso.
Contrariamente
a aquellos valores típicamente asociados con el diseño—estatus,
prestigio, poder y riqueza—los objetos producidos por Sierra son
producto de su contexto inmediato; se sustentan en y se adaptan a la precariedad
económica, la recursividad y las estrategias de sobrevivencia.
En su trabajo busca recuperar prácticas, estéticas y materiales
derivados del estrato popular, vistos y considerados inapropiados para
productos de consumo. Al mismo tiempo, el trabajo de Sierra podría
ubicarse en contra de una tendencia hacia el auto-exotismo—del cual
tanto arte colombiano reciente ha sido culpable—en su rechazo del
fetichismo hacia el otro.
Sus objetos tienden a ser sencillos, limpios y hasta un poco austeros,
revelando el interés del artista en la perfección formal;
sin embargo, como Sierra mismo señala, su práctica no se
trata de valorizar al objeto más que a la persona que eventualmente
lo utilizará, sino que busca enfatizar aquellas calidades humanas—la
felicidad, la creatividad individual y el afecto— consideradas secundarias
o superfluas dentro de una cultura consumista. Un trabajo reciente se
llama La vida dura, la vida no dura; el título se refiere a la
índole áspera de la alienación contemporánea,
además del deseo de identificar y explotar sutiles instancias de
resistencia.
La exposición actual interactúa con los elementos arquitectónicos
de la casa donde La Rebeca está ubicada y con aquella sensación
de abandono, negligencia y deterioro que caracterizan tantos barrios históricos
de Bogotá. Dibujos quemados de rostros fantasmales o figuras amorfas
que surgen desde las paredes, el techo y piso están iluminados
por bombillas desnudas dando al espacio un carácter lúgubre.
Arriba en el ático, una figura esquemática y solitaria barre
y barre con paciencia pero de forma obsesiva en un movimiento continuo
y circular. Espejos marcados o ennegrecidos por humo salpican el espacio
en su totalidad, haciendo referencia a símbolos populares de luto
y agregando un elemento inquietante a la observación del público
de sí mismo. La muerte y la descomposición son temas apropiados
para una exposición que se inaugura dos días antes de Halloween
tanto como el fuego con su doble capacidad de ser productivo y destructivo.
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